sábado, 16 de junio de 2007

Afuera llovía. Con mucho frío te esperaba sentada en el lugar acordado para días como este. El mismo lugar en que nos encontramos por “primera vez”. El mismo lugar de aquel día en que quisiste decirme que me amabas, pero ni tu ni yo aún sintiéndolo, lo pudo decir. Sí, aquel lugar. Sentía que cada minuto que pasaba era eterno, más aún cuando la estación se llenaba de gente y yo ansiosa con mi mirada buscaba verte llegar. Pero nada. Los minutos avanzaban, mientras mis nervios iban y venían dependiendo el flujo de personas que pasaran delante de mi. Buscaba tu caminar, tu ropa, tu sonrisa, pero no conseguía ninguna pista. Lo único que me distraía a ratos era sentir el aire que se aparecía con una entrada magistral desde el exterior con lo que el lugar se renovaba de esperanza para mí llenándome de suspiros. Se escucha otro tren, ya habían sido más de diez los contados, y volví a desear que vinieras en él porque la espera se estaba haciendo larga e incómoda. Salieron todos, excepto tú…. ¡Momento! ¡Ahí estás! Me buscas con la mirada y al encontrarme sonríes. Cruzas la puerta que nos separa y avanzas hacia mí. En el trayecto juegas a esconderte detrás de un hombre alto y yo no puedo evitar la risa. Y llegas. Te paras frente a mí sin decir nada, mientras yo acomodo tu pelo como es de costumbre. Sonríes otra vez, mientras intento disculparme por mi manía apretando mis dientes y arrugando mi nariz. Volviste a mirarme un poco mas “serio”, riéndote en el fondo. Bajaste la mirada, subiste las cejas y juntando los labios negaste unas cuantas veces con la cabeza. Y me reí, porque sabía que es estabas burlando de mi capricho y en cosa de segundos rodee tu cuello con mis brazos para mirarte de muy cerca y así no perder un segundo más. El día había sido eterno. ¡Te extrañaba tanto! Pero todo tiene su recompensa y el destino me había premiado con la dicha de verte. Por fin te tenía. Estabas frente a mí. Te miré a los ojos. Esos ojos que tanto me gustan. Esos ojos que acompañados de una sonrisa hacen que me deleite con las líneas de sus costados. Esos ojos que guardan al centro de sus marcos una cicatriz que nunca podría olvidar. Esos ojos que me hablan cuando el resto del mundo se detiene. Esos ojos donde me encontré. Sí, me encontré, dentro de ti. Entonces, no fue necesario decir nada más y luego de admirarte te besé. Te besé…





…te besé en el aire porque en realidad no estabas ahí. Mis ganas de verte fueron la excusa perfecta para que me traicionara la imaginación. Me sentí tonta… ¡estúpida! Y en cosa de segundos me llené de imágenes de aquel accidente. Los recuerdos de tu muerte me trajeron de golpe la realidad, mientras me inundaba un vacío tan grande que me dieron ganas de llorar, pero la multitud que iba y venía no hubiera hecho nada para calmar mi tristeza. No había nadie que te trajera de vuelta. Nadie. Y me guardé todo, incluso las lágrimas. Respiré profundo y seguí. Seguí caminando sin ti. Seguí…





…quizás te encuentre en alguno de los otros lugares que solíamos visitar. Lo más probable es que por la lluvia hoy no hayas podido llegar.


[Locura después de la muerte]

1 comentario:

Autorretrato dijo...

Precioso el relato. Me pregunto, mientras escucho la banda sonora de Amelie, si tus ojos habrán estado tan brillantes como me los imagino, o como me los imaginé.
La espera, como besndo lo que la vida, tal como pretendemos conocerla, no contiene. Como la larga espera de un tal Godot en el relato de Beckett. La espera...alguien te espera?
disulpa, son divagaciones jeje
bueno, la espera sólo conduce a más esperas, romper con ellas depende ciertamente del cómo podamos vivirlas, si usamos bien nuestro imaginario, puede llegar a ser una gran proeza de la paciencia, una preciosa historia como la que he leído...una espera nunca será fome, puede llegar a ser mal contada, pero no fome..así como la vida.

un beso
un abrazo
una sonrisa